Ari Rovira: el arte detrás de la sastrería de Lancaster Studio

A una vida le caben varias vidas. Ari Rovira ha trabajado en tareas relacionadas con la consultoría en moda sostenible y sigue dedicándose a la docencia, pero en un momento sintió la necesidad de adoptar una postura más política y activista dentro del mundo de la moda. Así nació Lancaster Studio, la primera sastrería queer del país. Un espacio donde la ropa a medida reafirma identidades y por el que ya han pasado la cineasta Alba Cros, la historiadora Ana Garriga o la jugadora del FC Barcelona Patri Guijarro, entre muchos otros nombres.

Las creaciones a medida de Lancaster rompen con las fórmulas y tallas estándar y se convierten en una herramienta de acción social, de reafirmación de la propia identidad y de creación de comunidad.

Entrevistamos a Ari durante la sesión de fotos de la campaña del 10.º aniversario de Moritz Feed Dog, con Félix Valiente detrás de la cámara.

¿Recuerdas tu relación con la moda cuando eras adolescente?

Nuestra adolescencia fue sin TikTok ni Instagram. Las referencias eran tus amigos, los compañeros de clase, las artistas que admirabas, lo que veías en la tele… Lo veías, te identificabas y querías probarlo. Mi relación con la moda fue fluida, de experimentar y jugar. Ahora las referencias son muy complejas y súper digitales. Hay demasiado ruido, quizá.

¿Cambió tu estilo cuando entraste en el mundo laboral?

Como trabajaba en el fast fashion, había cierta presión. Había que ir a la última. Tenía 25 años y era un tema de jerarquías y de códigos internos, de gente que te mira y te juzga según lo que llevas puesto y lo que eres capaz de comprarte. Ahora lo veo una tontería, y me encanta llevar una camisa de hace diez años; pero ese mundillo a veces condiciona.

¿Volverías a aquella edad?

La construcción de la identidad ha sido y sigue siendo un viaje súper interesante en el que te conoces y te gustas cada vez más; por eso, ¿quién querría volver atrás? A mí me gusta mucho explorar libremente y creo que como sociedad cometemos un error cuando etiquetamos, señalamos y criticamos cómo visten los demás. La crítica impide que la gente experimente más, que tenga miedo o pereza por el qué dirán, y también corta el proceso de construcción libre de la propia identidad.

¿Eres perfeccionista?

Sí, por eso me encanta la sastrería y me gusta tanto patronar y coser. Las medidas, los patrones, las puntadas: todo es preciso. Para hacer ropa a medida creo que es necesario ser perfeccionista. Cuando termino de coser un bolsillo complejo y queda perfecto me da placer. También soy una persona muy ordenada, me hace feliz. En casa organizo el armario por categorías, por ejemplo todas las camisas juntas, de blanco a oscuro. Además, no tengo mucha ropa: lo tengo todo muy seleccionado y tengo tres pares de zapatos que me encantan.

¿Tienes alguna marca preferida?

Tengo debilidad por las marcas que son fieles a su esencia y a su propósito a lo largo de los años. Marcas que no se guían tanto por las tendencias, que son más atemporales. Marcas que rompen con valores más conservadores, con el binarismo, que tienen nuevas narrativas. Y sobre todo me gustan las marcas que ofrecen calidad, ropa que te dura toda la vida. ¿Referentes? Maison Margiela, Comme des Garçons, Yohji Yamamoto, Jean Paul Gaultier.

¿Cómo eliges comunicar tu marca?

En mi caso es muy diferente porque Lancaster Studio no es una marca, es un servicio. Por eso, para mí es clave comunicar que lo más importante del proyecto son las personas y el proceso. Me gusta mostrar el proceso de creación, todos los pasos que hay detrás de un traje y el placer que siento al trabajarlo. Pero lo más bonito es cuando comparto a les clientes que vienen al estudio: mostrar qué visten y cómo se sienten. Mi proyecto se comunica a través de sus experiencias y por eso aún no tengo web; de momento todo sucede a través de Instagram y del boca a boca dentro de la comunidad.

¿Cuáles son los tiempos de la sastrería?

En mi caso son bastante largos porque siempre que puedo hago yo todo el proceso, desde el patrón hasta la última puntada, y hay mucho trabajo a mano. Es un proceso lento, preciso y romántico y, claro, los tiempos son los que son. Para hacer un traje a medida hacemos como mínimo tres pruebas, en las que hay ajustes y cambios que requieren tiempo y dedicación, y sobre todo mucho mimo. Por eso, el mínimo para trabajarlo con tranquilidad son dos meses; aunque si puedo prefiero trabajar con cuatro meses de margen.

¿Crees que tienes que hacer un poco de pedagogía de la sastrería con la clientela?

Hacerse un traje es una experiencia nueva que quizá solo ocurre una o dos veces en la vida. La persona que viene al estudio agradece mucho que le expliques todo, porque se está poniendo en tus manos y confía ciegamente en tu trabajo, aunque todavía no haya visto cómo le quedará. Yo explico mucho cada paso: el porqué de las medidas, los tiempos que se necesitan, cómo están hechas las piezas. Hasta ahora he agradecido mucho esa confianza; yo solo quiero que salgan con el traje de sus sueños.

¿Te ha pasado alguna vez crear una pieza que no haya salido bien?

Nunca, porque trabajo con tiempo. Con tiempo las piezas se ajustan y, si hace falta, se vuelven a cortar, se descosen y se vuelven a coser; se hace lo que sea necesario hasta que queda perfecto. Bien trabajado, todo puede quedar bien. Además, yo no creo en eso de que ciertos cuerpos no pueden vestir ciertas formas. La sastrería precisamente potencia las singularidades de cada persona.

Es un oficio bellísimo.

Sí, es muy bonito. Ese orgullo no me lo quita nada ni nadie. Si mantengo fuertes las manos, será un oficio para toda la vida. Además, lo que más me gusta es que en la sastrería no hay marca, no hay logo visible, no hay ego. Yo diseño con les clientes, me pongo al servicio de lo que quieren y es precioso vestir los cuerpos y los deseos de mi comunidad.

¿Qué documental de la programación de este año recomendarías?

Recomendaría Las manos que cosen porque muestra algo que a menudo se olvida cuando se habla de moda: que detrás de cada prenda hay un oficio, paciencia y muchas horas de trabajo manual. El documental pone en valor a las personas que realmente construyen las piezas, las manos que cortan, ajustan y cosen con precisión para que una idea se convierta en una prenda real. Pero sobre todo porque aporta una perspectiva de género muy importante, ya que reconoce el papel de muchas mujeres modistas y costureras, cuyo trabajo fue fundamental para la alta costura pero que históricamente ha quedado invisibilizado.